Te
apoyas contra el armario. Te noto confiado, pero pronto esa confianza
caerá junto al resto de tu ropa. Me acerco lentamente mientras me
muerdo el labio. Sé que te encanta ese gesto, el movimiento de tu
nuez al tragar saliva me da luz verde para acercar mis labios a la
piel de tu cuello y respirar sobre tu oreja sin tocarte. Todavía.
Pero
las notas suben de intensidad, y los violoncellos vibran al tiempo
que mis manos recorren tu espalda, arañándote mientras me muerdes
el hombro hasta hacerme jadear. Me separo de un golpe y te agarro la
camisa mientras con la otra mano desabrocho el botón. Tu mirada baja
a mi cadera, y aprovecho para tirar de ti y girar, bailar por un
momento contigo hasta quedar de espaldas al armario. Te acercas. Otro
botón que escapa. Tu camisa se abre y mis manos buscan tu pecho
mientras besas de nuevo mi cuello, rozándole con la lengua
suavemente y mordiendo con lentitud al ritmo de la música. Tus
pantalones esperan en una esquina, los míos se arremolinan en torno
a mis tobillos desnudos.
Volvemos
a bailar
-veo
que aprendes los pasos, cariño...-
y
caigo de espaldas sobre la cama.
Pero lo he conseguido. Tus dedos
recorren la silueta de la oscura salamandra que trepa por mi piel
buscando un poco de libertad. Pobre salamandra. No sabe que ya está
presa, al igual que tú. Mis manos bajan, sujetan tus caderas y
terminan de quitarte la ropa.
Los
violoncellos dan paso a las guitarras mientras la música se hace
intensa, ardiente. De espaldas sobre las ansiosas sábanas, desnuda a
excepción de una solitaria salamandra, vuelvo a tirar de tu cadera
mientras juego con mi lengua sobre tu pecho.
Jadeas.
Me excita. Me muerdes. Suspiro.
Tu
cuerpo. Gemidos.
La
música ♥
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