19.1.12

Mordiscos

Recorro suavemente tu espalda con un dedo. No me ves, aparentas normalidad, hay gente mirando... Pero mi dedo sigue su descenso y llega a la cintura de tus pantalones. Te noto nervioso, y eso me gusta todavía más. Levanto tu camiseta para poder notar el calor que desprende tu piel. La pobre está pidiendo a gritos que la roce, que la acaricie, que haga saltar todas las alarmas en tu cuerpo.

Tienes suerte...

El último en salir cierra la puerta y tú te lanzas a por mí. La lujuria nos envuelve mientras tus manos desabrochan mi chaqueta y se introducen entre la ropa y mi piel. Tus labios buscan los míos
-veo que conoces el poder de un beso-
y sin dudar me muerdes los labios mientras tus manos ascienden hasta mi pecho.

Cariño, el aire está agitándose deseoso de participar... Se cuela por mi garganta, y gimo, y te excita, y me muerdes el labio inferior de esa manera en la que sabes que no me negaré. Mis manos te levantan la camiseta, y mis dedos arañan tu espalda intentando introducirse debajo de tu piel para excitarte al máximo. El primer botón de mi pantalón cede. Arqueo la espalda, y tú aprovechas para introducir tu mano entre mis piernas. Las sábanas nos llaman suplicantes, deseosas de poder bañarse en la perversión que nos rodea... pero tienes otros planes, y cariño, esta vez te voy a dejar las riendas.

Sin dejar de introducir los dedos en mí me tumbas sobre el sofá. Mi blusa cae al suelo, uniéndose a ella tu camiseta en un alarde de solidaridad. Deslizas tu boca sobre mi pecho. Arqueo la espalda. La luz tintinea, excitada. La luna nos mira, muriéndose de ganas de introducirse entre
-tus piernas-
nuestros cuerpos. Te paro un momento. Me muerdes el cuello. Me rindo.

Y un, dos, tres... comienza el baile.

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