Déjame
recorrer tus labios con los dedos, dibujar el nombre de la perversión
en tu pecho con mi lengua, atrapar entre mis piernas tu curiosidad.
Hazme susurrar tu nombre... pero susurra tú el mío también,
cariño, y me encenderé al oír la palabra "deseo" cayendo
de tus labios a mis caderas. Átame a tus caricias y véndame los
ojos: te reto, porque cuando me desates el fuego se unirá a los
gemidos. Hazme bailar, y no habrá minutos suficientes en el reloj
para que el cansancio nos aplaste.
Y
al día siguiente...
Pero
cielo, ¿no es la noche muy joven para pensar en la mañana?
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