Qué
noche... Hasta las nubes se revolvieron al ver la fogosidad desatada
en nuestra piel. Los gemidos de la cama coreaban mis propios gemidos,
porque... oh, sí, cariño, eres justo lo que deseaba ayer.
Esas
manos acariciando mi espalda, subiendo por mis omóplatos mientras tu
boca acaricia el lóbulo de mi oreja y tu cadera se pega contra la
mía en un (vano) intento de dominarme. Los vecinos se quejan,
supongo que mis gemidos les recuerdan que su vida es aburrida, y que
la tentación hace tiempo que hizo del felpudo su hogar... Sí,
muérdeme, haz que mis ojos se cierren y mis piernas tiemblen, que yo
contraatacaré deslizando mis manos alrededor de tu cadera,
agarrando, soltando, atrayéndote hacia mí.
Me
encanta la perversión que haces destilar de mi piel, el calor que
emanas cuando estoy sobre ti, el roce de tus manos sujetándome la
cintura mientras bailamos sin cesar sobre las sábanas revueltas.
Cariño, me enciendes totalmente, y eso no es bueno... ¿Ves?
acabamos de terminar una pieza de baile y yo ya quiero empezar otra.
Tengo el apoyo de la noche, ella está deseosa de envolvernos y
participar en la tentación que se desliza por tus brazos y corre por
tu pecho.
¿Quién
te ha mandado que pares? Sigue, sigue... así, cariño...
Luz
está llamando a la ventana, sus dedos se cuelan por la cortina para
acariciarte la espalda. Es educada, sabe que aquí todavía mando yo,
nota el aroma perverso que envuelve nuestros cuerpos, y está
esperando a que me vaya. Tú duerme, cariño... Yo recogeré mi
vestido y saldré sin hacer ruido. Te quiero descansado mañana,
¿recuerdas?
Además,
tengo que prepararme de nuevo, que si no, no podremos bailar la
siguiente obra. Y sería toda una decepción para mí.
(Tentación
te guiña un ojo; Seducción te besa el cuello; Perversión te
desabrocha la camisa. Yo... te dejo elegir qué quieres bailar ♥)
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